jueves, 16 de noviembre de 2006

"Síndrome"

Esa noche estaba en mi consultorio llenando unos formularios. No quedaba gente para atender ni quedaban turnos, era bastante tarde. Mi secretaria ya se había retirado y estaba por irme a casa, cuando golpearon la puerta con fuerza de urgencia. “Espero que no sea un paciente” pensé en ese instante, aunque era imposible a esa hora. Sería el portero, para avisarme de una fumigación futura, o la vecina de enfrente preguntando si a mi también se me había cortado el cable. Mi horario de atención había finalizado, no tenía ganas de atender porteros, y en mi consultorio no había televisión, así que opte por apagar la luz de la lámpara y seguir juntando mis cosas en silencio. Lo más probable era que esperasen unos minutos, piensen que yo, ya no estaba, y finalmente se irían. No tenía ganas de atender a nadie no quería ver gente y menos si tenía la posibilidad de ahorrarme el trabajo. Pero volvieron a golpear nuevamente, y más fuerte aún.
- Doctor... -Se sintió la voz de una mujer.
No sé que fue lo que me hizo cambiar de opinión, pero la insistencia me hizo pensar que no tenía otra posibilidad, además que no se irían tan fácilmente.
Abrí la puerta y allí estaban; una mujer de no más de 50 años, exaltada y nerviosa, sosteniendo a un hombre en un ridículo pijama, transpirando a más no poder; en su frente goteaba un hilo milimétrico de sangre. Al ver esto entendí la gravedad del asunto (quizás, como ningún otro médico lo podría haber entendido). Agarré al hombre, estaba demasiado débil, y lo ayude a pasar al consultorio. Luego lo senté, casi literalmente, puesto que no se podía mantener en pie. Trastabillaba, no tenía fuerza en las piernas, o mejor dicho arrastraba su cuerpo como podía con la mirada perdida en un punto fijo. La mujer se sentó al lado acariciándole el pelo y luego limpiándole la herida de la frente con la palma de la mano.
-Doctor... estoy desesperada... mire como está... ¿qué es lo que tiene?.....- dijo la mujer conteniendo el llanto.
-Bueno, tranquilícese señora ¿qué es lo que paso?
El hombre sonrió un rato como un tonto, miró un momento alrededor suyo sin entender donde estaba, agachó la cabeza y pareció dormirse.
- No sé, estábamos en casa. Mi marido en el baño, y yo creo que por el dormitorio... cuando escucho que grita. En ese primer momento no entendí lo que gritó... pensé que estaba bromeando, así que me hice la distraída. Al rato, me doy cuenta que no salía del baño... le golpeé la puerta preguntándole si estaba bien… ya estaba bastante asustada y no me contestaba.
El hombre seguía sentado, con los ojos cerrados y los brazos colgándole a los costados, la cabeza la había apoyado en un hombro y se babeaba el pijama; la sangre le caía de la frente hacia la punta de la nariz. La mujer siguió relatándome los hechos, hablaba entrecortada y nerviosa...
- ... apoye mi oreja en la puerta y escuche que estaba llorando. Así que no tuve otra más que entrar. Él estaba parado frente al espejo, temblando, sosteniéndose la frente, y mirándose fijo a los ojos. El cuadro, comprenderá doctor, no era muy normal... Me estaba preocupando en serio, ya no se trataba de una broma. Estuve observándolo un tiempo pero directamente no registraba que estaba en el baño con él. Cuando le toque el hombro, ahí si reaccionó...
- ¿Y qué le dijo?. Pregunte haciéndome el interesado.
- No me pudo hablar, doctor... había perdido el habla. Movía la boca, pero no le salía la voz. Hasta que de repente... gritó... muy fuerte, tan fuerte que se le salieron los ojos de órbita y la vena del cuello se le infló... me asusté mucho doctor.
-pero, señora. ¿Qué es lo que gritó?
- ... Esdrújula. Grito esdrújula. Cinco, diez, quince veces, no sé... parecía que era lo único que sabía decir. Corrió por toda la casa, siempre sosteniéndose la frente, gritando esa palabra, estaba histérico, tenía un ataque de pánico. Yo sé que mi marido es medio extraño, pero nunca había hecho cosas tan raras.
Al decir esto, la mujer no hizo más que confirmarme lo que yo intuía desde un principio. Tome un anotador del cajón del escritorio y me dispuse a hacer las preguntas pertinentes del caso.
- Bueno, señora, el nombre de su marido, y el suyo también... - dije interrumpiéndola.
- ¿Mi nombre también? Mi marido se llama Jerónimo Espósito, yo Úrsula...
- ¿Su apellido de soltera?
- ¿Qué tiene que ver mi apellido en esto doctor? Débora Úrsula Cámpora de Espósito es mi nombre completo.- dijo la mujer con resignación hacia mi indiferencia. Yo seguía anotando y casi ni la miraba, pero podía percibir que la mujer de vez en cuando echaba una mirada distraída hacia el anotador.
- Bueno Sra. Espósito, cuénteme un poco. ¿El comportamiento de su marido no habrá cambiado estas últimas semanas?, ¿No notó nada extraño?. ¿Algo fuera de lo común aunque sea ínfimo?
La Sra. Espósito empezó a mirar de reojo al marido, viendo si la estaba escuchando. Jerónimo, estaba completamente dormido en la silla, cada vez más tirado y al ver esto, la mujer se acercó al escritorio, como para contarme un secreto, que sólo ella y yo podíamos escuchar.
- Esto no viene de algunas semanas – dijo en voz baja – Viene desde que lo conozco. Siempre se comportó extraño, al principio pensaba que era un tipo extravagante, era divertido. Pero después me di cuenta que no hacía todo con ánimos de divertir.
- ¿Qué es lo que hacía su marido? - le pregunte en voz baja también, siguiéndole el juego.
- Por ejemplo... – miró nuevamente de reojo a su marido – desde que lo conozco, que hace régimen...
- ¿Régimen? Eso no es extraño señora...
- Sí, de la forma que él lo hace... Lo único que come, es brócoli y espárragos. Y muy de vez en cuando me pide que le haga albóndigas, con mucho orégano. Eso no es un régimen.
- Que interesante...
- ... no es sólo eso doctor... hizo y hace cosas mas extrañas aún.
- ¿Hace cuanto están casados?
- Diez años. - Contestó sonriente como orgullosa de esa unión.
- Es decir una década. Claro, es obvio- yo no dejaba de anotar absolutamente nada, era uno de los casos más interesantes y avanzados de los que había conocido. - cuénteme un poco más, sobre esas actitudes...
- ...me acuerdo Doctor, Que hubo una época, en la que mi marido pasaba por un bajón anímico terrible. Había estado trabajando en un depósito, pero perdió el trabajo, luego un amigo, era tipógrafo creo, lo hizo entrar en una imprenta de diseñador gráfico, pero también lo hecharon. No podía tener un trabajo estable, y ni él sabía él por que del asunto, no encajaba en ninguno. Por lo menos ni bien lo hechaban el ya conseguía otro, siempre fue muy simpático. Resulta que estuvo como un mes sin trabajar, sin conseguir nada, y empezó a sentirse mal, a dormir más horas de lo que lo hacía antes. Si no dormía, igual no se levantaba de la cama. Éramos jóvenes, casi recién casados… y pasando por una crisis así. Yo estaba desesperada. Estuvo una semana, dos, tres. Seguía tirado. Los únicos días que se levantaba eran los miércoles y los sábados...
- Miércoles y sábados... que bárbaro – dije compenetrado en el relato, estaba escuchando muy atentamente.
- ... Sí, miércoles y sábados. Llame a un psicólogo, para que lo vea, y con mucho esfuerzo pudo salir adelante y retomar la vida de antes. Consiguió trabajo en una fábrica de brújulas, y mejoró su ánimo, me acuerdo que decía que era el trabajo perfecto. Lo extraño es lo que vino después. Empezaron las manías, y los caprichos.
- ¿Caprichos?
- Sí, caprichos. Se había vuelto loco con la literatura y compró libros de toda clase. Me llenó la casa de libros de Sócrates, de Aristóteles de Arquímedes, Sófocles, Heráclito, Pitágoras, no sé cuantos más. Compró infinidad de libros de matemáticas, de química y de física. Los compraba y los leía una y otra vez. Además, los subrayaba. Pero no subrayaba pasajes, oraciones, ni siquiera capítulos, o párrafos, como cualquier persona normal interesada en un libro... Él subrayaba palabras.
- ¿Que tipo de palabras subrayaba? –
- No sé, a ciencia cierta, no sé. Lo que pasa es que el no me dejaba casi ni tocarlos. Plantó en el jardín de casa como quince árboles. Estaba obsesionado, como decía él, con los “plátanos”, quería tenerlos en el jardín. También plantó árboles de nísperos. Después de eso, se hizo fanático de Drácula. Si, no lo podía creer. Compraba todas las películas sobre este personaje, todos los documentales. ¡Hasta llegó a preguntar precio por un sarcófago! Llegue a pensar que me había casado con un loco, con un sátiro, no sé, un psicópata... La indecisión siempre estuvo presente en mi marido, y era preocupantemente compulsivo a comprar todo lo que se le apareciese en el camino. Una vez se apareció con unos tubos de oxígeno que según él estaban de oferta. Otra vez trajo cajas y cajas de pólvora, ¿¡Para qué!?, si ni siquiera, tenemos un arma en casa... Después compro una tarántula, la llamaba Penélope, y no se separaba de ella, hasta iba a trabajar a la fábrica con la araña. Lo último fue toda la colección de las películas de Brigada Z...
- ¿Brigada Z?
- Si, era y es, fanático de Berugo Carámbula. Había empapelado toda la pieza con fotos de él.
- Que más señora... – dije resoplando de cansancio. Me di cuenta que era más grave de lo que al principio parecía. Jerónimo seguía en su misma posición, la mujer ya se había sentado y hablaba más tranquila. A mi no se me habían ido las ganas de irme, pero esto daba para largo.
- ... Una noche trajo colgando un teléfono público. Y eso no fue lo único que se trajo de la calle. Se robó un semáforo, y lo trajo a casa arrastrándolo dos cuadras, según él... ¡un semáforo!, encima se me reía cuando lo vi. Decía que lo traía por si había tráfico en casa. Muchas de estas cosas me parecían divertidas a mi doctor, pero este último tiempo empeoró.
- empeoró...
- ...Sí. Empezó que quería irse de vacaciones, quería viajar a México o a Bélgica, esos eran los dos países de los que él estaba deseoso de conocer. Es decir, quería ir específicamente a alguno de esos dos países no sé por que. Por la situación económica tuvimos que conformarnos, como todos los años, con Córdoba. Cuando volvimos de allá, como le dije, empeoró todo. En la televisión puso una cartulina negra en la parte izquierda de la pantalla, el solo veía el noticiero del trece, y decía que le incomodaba ver a César quería ver solo a Mónica. Dejó el trabajo, y me di cuenta que iba cada vez más seguido al hipódromo. Me empezó a volver loca con la música electrónica que escuchaba, la ponía a todo volumen. Antes por lo menos escuchaba música clásica, u ópera. Empezó a hablar de manera distinta, se dirigía a mí diciéndome como por ejemplo “bésame”, “alcánzame” o “cocíname”. Todo en ese modo verbal. Hace como dos meses que empezó a hablar así. Sus costumbres de comprar libros no se calmaron, compró diccionarios de sinónimos y antónimos. Pero esta vez no compró uno, sino que quince de cada uno. La excusa a este altercado fue que estaba sonámbulo, y que a veces hacía cosas así. Comprenderá como estoy...
- bueno señora, con esto basta...
- Ya no sé que hacer, el estado de mi marido es catastrófico, no sé si llevarlo de vuelta a un psicólogo, o un neurólogo, o... ¿Habrá sido algo que comió? ¿Algún alimento transgénico que lo puso así? ¿Algún parásito?
- A ver, como le explico. Antes que nada, su marido se va a poner bien. Se va a recuperar, va a poder recuperar el habla... Es bastante simple, y complejo a la vez esto que le sucede. Lo que tiene su marido se llama síndrome de la esdrújula, todos los síntomas que tiene indican eso.
La mujer quedo asombrada, perpleja, no sabía si le estaba haciendo una broma, mi tono de voz, que había sido serio, no le decía lo mismo. Se hizo un silencio en el consultorio por un minuto. Miró a su marido, le limpió la frente, de la cual seguía chorreando sangre y me miró fijamente.
- ¿Eso es muy grave doctor? – dijo apenada-
- Bueno, a decir verdad, no, no es muy grave, el problema es que su marido estuvo incubando el síndrome mucho tiempo. Sigo contándole, esto es un fenómeno poco común, raro que además se llegue a estas instancias, siempre se lo detecta antes...
- ¿Y por que le tocó a mi marido, es alérgico a algo?
- No, no es alérgico. Esta enfermedad le toca, aunque usted no lo crea, a un hombre de cada cuatro. Pero de cuatro que tengan el nombre conformado por esdrújulas, como su marido, Jerónimo Espósito. Consiste en este tipo de actitudes y comportamientos atípicos, que se ven inducidos, todos por palabras esdrújulas. El corte que tiene en la frente le va a quedar para siempre, se dice que significa que está tildado, es un estigma, piense que su marido desde ahora tiene tilde. Ahora está shockeado y va a seguir así un par de días, así que no se preocupe. Es posible que se despierte sólo, como antes ya lo había hecho, los días miércoles y sábados.
- Y que tengo que hacer doctor, ¿algún remedio?
- Si, le va a dar esta píldora, siempre después de almorzar, es un analgésico. Puede ir a comprarlo a la farmacia de la esquina, y también pida dos listas de palabras esdrújulas, ahí también, se las van a dar, hágaselas repetir, cada ocho horas. Al principio le va a costar, la recuperación no es muy rápida, pero después no va a tener problemas.
La mujer tomó la receta, y se fue, antes le había dado un apósito para la herida de la frente de Jerónimo. Le ayudé a cargar el cuerpo del marido al auto, que todavía seguía en trance y volví a mi consultorio a juntar mis cosas contento de haber podido ayudar una vez más a una persona con tamaño problema.

Ese no es el único, ni el último caso del fenómeno de “síndrome de la esdrújula” que cada vez crece más y más en nuestra República. No es muy reconocido a nivel científico, ni tampoco cuenta con ningún tipo de campaña política del gobierno para su prevención, pero es real y los casos son más avanzados con el correr del tiempo. Biólogos, antropólogos, psicólogos, médicos, hasta filósofos, trataron de descubrir el origen de este síndrome, unificar hipótesis, averiguar si hay límite en la variedad de síntomas, pero ninguna de estas investigaciones piso fuerte, y hoy día se siguen usando los métodos tradicionales de su cura.

ÁlvaroTómbola
Médico, Esdrujólogo.