Pongamos que era por el sur, y que tenía unos 12 o 13. Si me apuran 14. Un grupo de unas 40 personas, entre familiares y amigos, embarcados en el mismo viaje, eran mi compañía. Yo estaba ahí con mi Madrina, su esposo y tres de sus hijos, a los que podría llamar primos. En cuanto al paisaje, una laguna, una montañota atrás y un vallecito por allá; imponente por donde se lo mire. Pero este no iba a ser un viaje tranquilo, sino más bien accidentado. Es más, no iba a ser lo que más recuerde de ese viaje y de ese lugar el verde de sus praderas, los azules de sus lagunas, los silencios en las alturas, las vistas panorámicas, etc… Sino el lamentable comportamiento de las leyes del destino, que al final de toda esta historia me dejó totalmente desnudo en el medio de la ruta.
Lo primero, o la antesala del asunto, fue a los tres días de llegados aproximadamente. Durante la tarde había hecho un frío tremendo y en la carpa principal (equipada a todo trapo, hasta con cocina) se sirvieron tortas fritas con mate cocido. No se cuantas habré comido; cuatro, cinco, seis… Lo que si tengo presente es esa sensación de no poder bajar nada más por mi garganta, con un piquete de grasas a la altura del paladar. Posterior a esto, y no mucho después por el frío del día, vino la cena que contaba con el menú principal de un suculento plato de polenta con tuco, o bolognesa (bien comida de campamento). A esa altura, o mejor dicho ya a la altura del postre mi estómago pedía que lo dejara en paz, que no le de más nada, que me tome un hepatalgina y me vaya a dormir; pero quién a los 12/13 puede negarse a unos panqueques con dulce?
Náuseas, dolores, malestares estomacales… Satisfecho era poco, ya me sentía mal. La noche se había puesto pesadita, caminaba con dificultad y me dirigía a mi carpa, que compartía con mis primos, para dormir ya que en la mañana temprano se estaba preparando una excursión que me interesaba, pero en el camino se cruzó un “vamos a la lagunita a tomar algo”. Edad de andar tomando alcoholes por ahí no tenía, menos de andar embriagándome, pero accedí a esa invitación pienso que sólo por que iban mis primos. Hoy día puedo asegurar que ese licor de menta fue un viaje de ida. Un par de tragos bastaron para que todos los alimentos del día se agolparan en mi pecho con ganas de explotarlo. Volví a mi carpa y me recosté. Me dormí, acurrucado, transpirando frío mientras mis compañeros de carpa me golpeaban, ya que venía tarareando canciones con el culo. Pero a la madrugada pasó lo peor que puede pasar en una carpa: Lancé todo, y adentro. Primero sobre mí mismo, y parte de la bolsa de dormir, después, en el segundo chorro alcancé a abrir el cierre y dejar todo sobre un costado. Mucho alimento no procesado, sin digerir todavía, salió de mi boca. Fueron unos 10 minutos de frenesí bucal ininterrumpido, agarrado de los bordes de la carpa. Una vez terminada mi labor, vi que mis compañeros no habían despertado, pese al ruido estruendoso que había surgido de mi garganta hacía pocos minutos. Salí de mi bolsa de dormir, vomitada sobre uno de los costados y me incorporé para buscar la carpa de mi madrina (no para vomitarla), en ese momento, única referente que podía ayudarme a sentirme mejor, y a limpiar mi bolsa, aunque sea con un trapo. Agarré la zapatilla izquierda, que costó encontrarla, en la oscuridad la visibilidad era reducida, y me la puse. Sentí húmedos los cordones, pero pensé para mi mismo que era por que había dejado afuera las zapatillas, actitud que me he reprochado varias veces, y más desde ese momento. Comencé a buscar la zapatilla derecha y la vi después de revolver un poco las cosas; noté que estaba cerca del lugar del crimen pero la agarré sin prestar atención. El tema es que cuando la levanté la sentí pesada y chorreó un líquido que cayó sobre la tierra; y es que no había estado cerca, sino “en” el lugar. La zapatilla derecha al parecer, se había interpuesto entre el vómito y el piso, y ahora contenía dentro de sí el brebaje producido por mi estómago. Pedazos de torta frita color verde mentolado flotaban sobre un guiso rojizo de olor ácido en el interior de mis botitas “Topper” negras (aparte que mejor recipiente que eso no?). Vacié la zapatilla sobre un costado, y descalzo busqué a mi madrina, que dormida me ayudó a limpiarme y recomponerme. Mis “Topper” quedaron inutilizables…