Noche de amigos, cerveza, y circunstancialmente empanadas. Esas reuniones pre-salida, a un bar, a una fiesta, o simplemente a algún lugar, eran anfitrionadas por pizzas, hamburguesas, sanguches de algo, o como esa noche, empanadas. Fritas, de carne todas, exquisitas. Las empanadas de “Lo de Cuca” se caracterizaban por ser sabrosas por donde se las mire y se las huela. Su aroma prófugo del paquete, y más tarde su imponente presencia en la boca, era un aviso de que esas empanadas eran bombas de tiempo muy pronto a estallar en nuestro estómago.
Esa noche ni idea a donde fuimos. Habrá sido una noche más, de esas poco significativas. Lo importante es que volví muy borracho, y pude ver, sobre la mesa en la cual habíamos comido, el paquete de las empanadas de carne, con una que sobresalía, una que asomaba su repulgue para afuera. En ese momento dudé seriamente si me la morfaba o no y hasta me acerqué tambaleando con la mano extendida, pero creo que habrá sido la sed, la que hizo que cambie mi dirección y me dirigiera hacia la heladera en busca de agua. Luego me olvidé por completo de aquella empanada.
A la mañana siguiente, o mejor dicho al medio día, o tarde siguiente, me levanté y desayuné en la cocina. La mugre de la noche anterior, dícese platos, vasos, ceniceros atestados, botellas semi vacías y demás estaban donde se habían quedado la noche anterior. Toda la casa era un completo desastre. Y el paquete de las empanadas, con esa solitaria frita de carne en su interior, estaba todavía ahí, en la punta de la mesa. Junté lo que pude esa tarde, limpié lo que pude, y ya cerca de la noche, terminando, pensé en comer, así bien tempranito, para acostarme y descansar bien para el próximo día que era laboral. Fui a la heladera, buscando algún comestible y no encontré más nada que un pote a medias de mendicrim, y una salsa tabasco. Agarré eso y un paquete de galletitas de agua. Me senté a degustar, y a esperar que eso me llenara por el resto de la noche (que muy por dentro sabía que no iba a ser posible) cuando vi, que había olvidado inconsciente o concientemente el paquete de las empanadas sobre la punta de la mesa. Grasoso en sus puntas, el envoltorio en su interior tenía la delicia fría y conservada de una gloriosa empanada de carne. Rompí un poco el papel y agarré la empanada con cierta decisión, pero justo al llevarla a la boca, "no se qué" fue que me hizo la dejara en el paquete, casi instantáneamente. Habré pensado, "la como más tarde", "ahora tengo galletitas con mendicrim y salsa tabasco", o no se. Lo cierto es que la dejé. Comí, picotee esas galletitas, y me recosté a ver tele. De hecho llegada la medianoche me pedí por teléfono 4 empanadas. Pero esa del paquete no la toqué.
Al otro día fui a trabajar. Era lunes, y volví a casa tarde. Tipo ocho y media. Abrí la puerta y lo primero que vi fue el paquete. Medio roto, con un hilo colgando, con esas grandes manchas de aceite, y la única adentro, envuelta, esperando a temperatura ambiente. Arreglé un par de cosas de la casa y me senté en la mesa. Me serví un vasito de agua y me estaba por poner a abrir el paquete, cuando... me pasó lo mismo que el día anterior. Un "no se qué", un revoltijo en el estomago, un cosquilleo parecido al remordimiento, o la culpa me impedía comer esa empanada. ¿Era lástima? ¿Quizás cariño? En este momento no estaba seguro. ¿Tal vez una especie de amor fraternal? Vaya uno a saber. Esa noche terminé preparándome unos fideos, con manteca, que los comí en la misma mesa en la que estaba el paquete.
El martes ni siquiera intenté abrir el paquete: el sólo pensar morder la masa y saborear el juguito de carne y cebolla (a temperatura ambiente...) me daba culpa. Pero, culpa de qué? O mejor dicho que culpa, me daba la impresión que esa empanada tenía mucho más que dar, y que se merecía algo mejor.
La semana transcurrió con total fluidez y normalidad, los días pasaban con el paquete en su lugar, esa punta de la mesa. Creo que fue el viernes que abrí un poquitito más el paquete, para que la empanada asome el repulgue, para que respire, para que vea un poco la luz por lo menos. El día sábado, me quedé en casa viendo una película, y senté a la empanada con migo en el sillón. Fue en ese momento que me di cuenta del vínculo que teníamos. Éramos como hermanos, y se había convertido poco a poco en mi única compañía en la casa. Por la noche veíamos televisión, desayunaba, almorzaba, cenaba, todo con el paquete y la empanada adentro. A base de silencios, y de respuestas que nunca me daba, hasta llegamos a pelearnos. Es más, un jueves a la noche me fui a dormir muy enojado con la empanada por que me había ganado un partido de ajedrez, y a mi me pareció que me había mirado de forma socarrona, como burlándose, medio con el repulgue para el costado. Una actitud muy fea. Que después la siguió haciendo, repetidas veces. Ejemplo, yo con el control remoto, haciendo zapping como siempre y ella ni mirando la tele, mirando el control, como enojada, como resentida. Pero bueno, cosas de la convivencia.
Después de exactamente 3 semanas viviendo con la empanada, un domingo me levanté como al mediodía e iba a empezar como todos los domingos, no haciendo nada, o a lo sumo iba a rascarme la panza frenéticamente. Es así que fui directo a la cocina para desayunar y pasé indiferente, rascándome la cabeza, acomodándome la cara machucada por la almohada, por la mesa donde estaba el paquete con la empanada y escucho una voz ronca, grave, extraña que dice:
-bueeeno´ díasss
Yo miro alrededor, me asusto primero, y no había nadie. La voz la escuche clarita, había sido adentro de mi casa? Estaba muy dormido todavía pero ese "buenos días" no había sido un sueño. Me hice el boludo, o sea, pensé para mi mismo "acá no hay nadie, me voy a desayunar y punto, pero...
-bueeeeeno´ díass. No saludas pelmazo?- Insistió la voz.
-¿Quién está ahí? ¿Qué es esto? Empecé preguntando y mirando para todos lados, moviendo la cabeza rápido, fijándome abajo de la mesa, corriendo a mi habitación. La situación era bastante patética, yo en calzoncillos, tratando de buscar a alguien en mi casa de 2 ambientes, en la que realmente no había nadie.
-¿A quién busssca´ nene? Vení para acá... Dijo la voz, confianzuda. Yo estaba agachado en ese momento mirando abajo de la cama, y comprendí que la voz venía del comedor.
-Che bobo, etoy acá, no va ja contesstar; buen díass...
Era la empanada. La voz provenía del paquete. Me acerqué, puse la oreja pegada, esto no tenía mucho sentido para mí.
-Buuu, jaja- me asustó y me fui para atrás. Y la risa siguió brotando. Era muy desagradable, como decir una risa de viejo fumador, ronca, carrasposa, con catarro dando vuelta por ahí.
-Pero nene, ¿que te passa ahora? te asussstás de nada, como me hacé´ reir eh?
-Esto no puede ser, vos no podés hablar. Que me pasa? - Dije mirando el paquete.
-Pero que so´ boludo eh? ¿y sino quién habla? Qué te pensás que no te iba a decir nada nunca?
Yo no salía de mi asombro, me había sentado y trataba de encontrarle alguna explicación.
-Dale dejá de mirarme así nene, y haceno´ jel desayuno queréss? A mi traeme un feca, así solo. Y abrime un poco el paquete, me hace´ el favor, que me ahogo acá. - Rompí lo que quedaba de ese envoltorio grasoso, le hice un huequito con un poco de miedo, ¿eso que había adentro me podía morder? y miré con atención la empanada. No se movía, no había labios, no había nariz, al parecer no respiraba. ¿Cómo era que me hablaba?
-¿Qué mira´? Dale andá a hacer el desayuno queréss? Yo si pudiera lo haría pero tengo repulgue en vez de mano, visste? jajaja... - Y se empezó a reír de vuelta. Hasta que tosió. La empanada en ningún momento se movió, no gesticuló, no nada. Pero sabía que la voz venía de ahí. Y que voz fea tenía. Y que pesado, que se prepare el desayuno solo.
-Dale nene, deja de mirarme con esa cara de nabo que tené´? andá, traeme un cafecito si?
Del no poder creer que la empanada me estaba hablando comencé a no poder creer que haya estado conviviendo con esa empanada tan desagradable. Tosía, hablaba mal, me estaba mandando a hacerle el desayuno. Pensé para mi mismo, que monstruo creé? Yo lo puse en la tele con el paquete, yo le enseñe ajedrez (las fichas las movía yo igual), yo le contaba en la hora de la cena lo que había hecho en el día. Y nunca dijo nada. ¿Que necesidad había que hablase este hijo de puta, o hija de puta?
-Para, ¿no sos "la" empanada? ¿por que tenés voz de macho vos? - Le pregunté confundido.
-¿Y eso que tiene que ver? y yo que se, nene, me venís con essstás cosas... Dale pendejo, no te lo digo má´, traeme lo que te pido, y que hora es?
-Las... como las doce deben ser...
-Uuuuuh, no, andá llevame al sillón, que está por empezar la carrera del TC 2000, me la estoy periendo...
Y ahí nomás la agarré, y le pegué un mordisco que casi la mitad entro en mi boca. No estaba muy rica que digamos, un gusto medio ácido y la masa medio gomosa. Pero no me iba a bancar una empanada en mi casa que me hable, que me diga que hacer, y que encima tenga el mal gusto de ver el TC 2000.